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¿El escritor nace o se hace?

15/01/2019

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En una época en la que parecen existir más escritores que nunca, y en la que cualquiera puede publicar, Susana Quirós, administradora de el blog eraseunadevoralibros plantea esta pregunta: ¿Todo el mundo puede ser escritor? Y a raíz de ella el eterno interrogante: ¿El escritor nace o se hace?

He encontrado defensores de ambas posturas, cada una con grandes argumentos que esgrimir, presentando su propia experiencia o importantes estudios y aún así yo no he logrado decantarme por ninguna de las dos. Quizás porque mis padres me enseñaron que no había nada blanco o negro, que existía toda una escala de grises en medio. O tal vez porque con el tiempo he aprendido que cada persona es un mundo, debido a su personalidad y contexto, lo cierto es que no creo que ni existan escritores innatos que sin trabajar su don puedan escribir un best seller –odio este término porque ventas y talento no los considero necesariamente ligados, pero es una expresión y un tema que algún día trataremos en profundidad– ni tampoco creo que alguien que no tiene habilidades pueda llegar a ser un escritor perfecto. O sí, todo lo que trate en este artículo va a ser subjetivo y obviamente es mi propia opinión, puede que algunos estéis de acuerdo y otros os neguéis en rotundo, y me encantaría conocer vuestras posturas.

Ahora sí, en mi opinión, la respuesta a la pregunta es lo que encierra cada una en sí. Algunas personas tienen una capacidad especial para expresar por escrito lo que sienten, sueñan… Llámalo talento o don si lo deseas, pero de nada sirve este si no se ejercita. Una persona puede tener todos los atributos físicos necesarios para ser un buen atleta, pero si no entrena jamás podrá serlo –o incluso saber que es capaz–. El entrenamiento es la base de todo, os pongo un ejemplo: mido 1,57 y en mi familia materna el asma va en los genes, sin embargo me pasé desde pequeña hasta los 16 en clases de natación de tal modo que mi entrenador intentaba constantemente que hiciera las pruebas para el equipo. En principio, nadie habría creído que la pequeña del grupo con problemas para coordinar la respiración pudiera acabar destacando en esa modalidad deportiva. Lo mismo sucede con la escritura, el talento es algo único y valioso, pero si no se modela, si no se lustra, de nada sirve. No estoy diciendo que haga falta pagarse el curso de escritura más caro que exista, aunque algún curso si que viene bien y lo creo necesario- pero se trata un músculo que hay que entrenar todos los días: con relatos, poesía, artículos de opinión, novelas…



Como os decía, creo que algunas personas tienen en su interior la habilidad de contar historias. En mi caso desde que empecé a escribir –antes incluso– me encantaba inventarme cuentos y contárselo a las personas. Vi la escritura como una forma de plasmar lo que llevaba dentro e incluso con seis años ya creaba mis propios poemas –bastante simplones para qué engañaros, pero al menos rimaban–. No era una afición, sino una necesidad, pero si mi familia no la hubiera animado y potenciado probablemente lo habría dejado de lado como hice en su día con la pintura. La habilidad está ahí, e igual que no soy capaz de afinar cantando siempre ha sido sencillo para mí escribir. A menudo me preguntaba de donde salía todo lo que escribía, pues no lo planeaba, era como si mis manos estuvieran conectadas directamente con mi subconsciente. O con mi corazón. O con el estómago. Sin embargo, tenía que entrenarlo, crear mi propio estilo, o si ya lo tenía, descubrir cuál era. Escribí muchísimo, empecé mil proyectos, terminé pocos. Describía lo que veía, mis sentimientos, mi situación…. Y supe que la escritura era mi refugio. Pero no era suficiente.

Beethoven dijo una vez que el genio se componía de un dos por ciento de talento y un noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación.Recuerdo que en la universidad escogí como optativa la asignatura de Escritura Creativa, y la profesora nos enseñó a no empezar la casa por el tejado: los primeros ejercicios eran describir fotos, crear metáforas de palabras que ella nos daba o incluso escribir cuartetos. Pero también nos hacía una pregunta esencial: ¿Qué os apetece hoy escribir? Porque era consciente de que si estábamos ahí era porque deseábamos escribir, y nos daba alas para sentirnos libres de expresarnos en el formato que quisiéramos. Mi proyecto de fin de asignatura, por ejemplo, iba a ser sencillo: un poemario sobre el amor y el desamor –algo de lo que en ese momento ya había escrito mucho–, sin embargo ella supo que no era eso lo que necesitaba escribir. Le presenté una segunda idea que iba rondando mi cabeza, algo escrito en una habitación de hospital mientras mi madre se recuperaba de un grave problema de espalda. Las palabras salieron solas y fue el primer proyecto que logré terminar. Y me sentí mejor. Las cosas mejoraron. Siempre he creído en el poder sanador de la escritura, ni os imagináis la de cosas que he podido superar gracias a desahogarme con papel y bolígrafo.



También es imprescindible leer. Sí, soy de las que creen que un buen escritor debe ser un ávido lector. Cierto es que algunos dicen no tener tiempo para hacerlo, pero acaba notándose. Por mucho talento que tengas para escribir, tu estilo será tosco y tus estructuras no funcionarán como deben, porque uno debe conocer lo que funciona y lo que no.

Así que mi consejo es este: no escribáis porque esté de moda, o simplemente por vender, sino porque realmente os guste. Publiquéis o no, si de verdad disfrutáis narrando historias, componiendo versos, creando obras de teatro… entonces hacedlo. Que nadie os diga lo contrario. Si os gusta lo que hacéis, nunca habréis fracasado.

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