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Cuando el futuro se torna aterrador - DISTOPÍAS

15/11/2018

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Susana Quirós, administradora del blog Eraseunadevoralibros, nos habla sobre las distopías. Susana analiza desde el origen hasta la actualidad de este subgénero, que en los últimos años se asociado en numerosas ocasiones a la novela juvenil.

El futuro, ese eterno desconocido que nos ha fascinado desde siempre. A lo largo de la historia se han escrito multitud de novelas que intentaban de alguna forma profetizar lo que sucedería en los próximos siglos, apareciendo por primera vez en 1516 el término utópico para referirse a esas novelas que hablaban sobre mundos perfectos o alternativos en los que encontrábamos un estado ideal tanto en el ámbito político como el social, científico o incluso religioso, donde los habitantes cuentan con una predisposición natural a aceptar las leyes y normas de convivencia. Por ejemplo, La nueva Atlántida de Francis Bacon, fechada en 1623 es una de las mejores representaciones del género, aunque podemos encontrar este tipo de ficciones desde el Renacimiento.

Sin embargo, durante principios del siglo XX surge una utopía de carácter negativo donde el futuro era muy distinto a lo que soñaban los utopistas clásicos. Hay que tener en cuenta que la sociedad de esa época se enfrentaba a un momento histórico muy especial con el fin de la primera guerra mundial y la consolidación del régimen soviético y los inicios del nazismo alemán. Los escritores empezaron a hablar sobre los peligros de la masificación y desindividualización en una sociedad marcada por los grandes avances tecnológicos y el miedo a la energía nuclear. Es entonces cuando surgen obras que critican el orden existente y se crean futuros donde la tecnología está en poder del gobierno que la utiliza para controlar a los ciudadanos. Probablemente, los casos más conocidos sean Un mundo feliz de Aldous Huxley, donde el autor criticaba las utopías de H.G. Wells, y 1984 de George Orwell, que ha servido de base para muchas historias como el universo de V de Vendetta creado por Alan Moore.



El término “distopía” parece ser usado por primera vez en 1868 por John Stuart Mill para sustituir a la palabra usada por su mentor Jeremy Bentham cincuenta años antes: cacotopía. Al principio, las historias distópicas pasaban desapercibidas como un subgénero dentro de otro subgénero, pero poco a poco fueron conquistando a los lectores. Aunque al principio fue criticada por grandes novelistas como H.G. Wells, quien acusó Un mundo feliz de ser una “traición a la ciencia”. Sin embargo, hoy es la base de muchas novelas y grandes producciones de Hollywood. Consiste en una exageración que muestra un futuro que podría darse, pero que no tiene por qué ser profético –aunque en muchos casos hayan resultado serlo–. Nos muestra con mayor crudeza regímenes que buscan esclavizar nuestras voluntades cuando lo cierto es que en la realidad esto se produzca de forma más sutil. Se convierten en una herramienta para concienciar en cierto modo, para incitar a la reflexión sobre la realidad y a lo que puede llevarnos continuar por un camino equivocado. De este modo, las historias nos muestran un futuro sin esperanza ni libertad, con sociedades ficticias bien deshumanizadas, controladas de forma intrusiva por la tecnología o gobernadas por regímenes totalitarios que intentan conseguir el bienestar social mediante la manipulación psicológica. Sociedades regidas por el pensamiento único y la unidad, que funcionan como un mecanismo correctamente engrasado, donde aquellas personas que desobedecen las normas pueden ser aniquilados. El miedo es un elemento que impregna toda la historia.

No olvidemos que este tipo de novelas, que además suelen ser bastante críticas, se presentan como protesta contra ciertos sistemas de gobierno o ideales sociales extremistas que a la larga pueden ser sumamente peligrosos. Pero no nos equivoquemos, la distopía no tiene porqué incluir ciudades en ruinas u otras formas de destrucción, tampoco se ubica sólo en un lugar futurista, impoluto y perfecto. El escenario no determina que sea una cosa u otra, sino que podemos encontrar distopías en lugares aparentemente maravillosos y con grandes avances tecnológicos. Lo que determina el género no se encuentra fuera, sino dentro de las mentes de los ciudadanos.

¿Qué elementos debería tener pues una distopía coherente y creíble? Pues estaría definida por dos componentes: por un lado, una naturaleza real, es decir una sociedad que o bien existe ya o se deforma y evoluciona para que se convierta en una distopía. Por otro lado, es necesaria también un ingrediente irreal que mezcle sociedad y gobierno ficticios. Es la razón de que den tanto miedo, pues pese a la ficción, tiene un componente real y podemos en cierto modo vernos reflejados en la historia. Sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de distopías se basan en tendencias sociales actuales y llevan a situaciones totalmente indeseables, pero donde la explotación humana y el sufrimiento no se perciben con claridad debido a la falsa sensación de bienestar que el gobierno da a sus ciudadanos. Son historias donde estos tienen la sensación de bienestar, comprenden a la perfección la situación en la que se encuentran, la garantía de seguridad y lo primordial de su posición en el sistema para que así sea. Por ejemplo, en Hijo del hierro de JP Naranjo, las habitantes de Matter consideran que esclavizar a los hombres es algo normal debido a que ellos son los culpables de todas las desgracias que han condenado a la humanidad. Creen que permitirles libertad, no sólo conllevaría recaer en los mismos errores, sino también menor seguridad para ellas, los consideran movidos por sus instintos primarios y se sienten mejor si no están cerca de ellos.

Una buena distopía también debe incluir esperanza entre sus habitantes, ese sentimiento de que todo algún día cambiará, que el sufrimiento es necesario en ese momento, pero se trata de algo temporal. La esperanza, que puede mover a las mentes que no se adaptan al régimen, les hace soportar cualquier cosa sin ser conscientes de que es el propio sistema opresor el que la alimenta. ¿Cómo? Mediante los medios de comunicación, dado que si controlas la información, tienes el control absoluto de todo. Se trata de la mejor herramienta de sometimiento de la humanidad, puesto que no sólo podemos afianzar las bases de la distopía, sino también hacer que el pueblo crea las mentiras que nosotros deseemos.

Sin embargo, no se trata de un subgénero sólo literario. En los últimos años ha cobrado tal protagonismo que lo encontramos también en televisión, cine, videojuegos… Si antes hablábamos de V de Vendetta, es necesario también mencionar la serie Black Mirror, que en cada episodio plantea un futuro distópico diferente, o El cuento de la criada, basada en la novela de Margaret Atwood.

Quizás podrían diferenciarse dos tipos de distopías: las patentes, donde es obvio que algo va mal, y las falsas utopías, en las que al principio el lector –y los personajes– no son conscientes de la realidad debido a esa falsa seguridad y bienestar del que hablábamos, y donde el punto álgido de la historia llega cuando alguien se percata de la verdadera realidad. Sea del tipo que sea, no se puede negar que una novela distópica asusta e incomoda cuanto más se acerca a temas presentes en nuestro tiempo y más impacto causa en el lector.


Lo cierto es que hoy se trata de un subgénero que encontramos dentro de la ciencia ficción y que ha servido de base en los últimos años para una gran ola de libros juveniles como Los juegos del hambre de Suzanne Collins, El corredor del laberinto de James Dashner, o la saga Delirium. En muchos casos, se tratan de historias no tan extremas como las clásicas debido al público al que se dirigen, pero igual de reflexivas, en las que entran en juego aventura, romance e intriga, aunque sin olvidar el mensaje principal. En Labnar también encontramos Iris de Alberto Sánchez  Navarro, donde una niña separada de su padre debe enfrentarse a una guerra en un mundo que no entiende. Una sociedad donde la tecnología ha alcanzado importantes logros, pero donde los distintos bandos defienden posturas opuestas ante ella.

Como es un tema que nos encanta, si os habéis quedado con ganas de hablar sobre distopía, os invitamos a que vengáis el 1 de diciembre a las 18:00 a la Mesa redonda de Literatura Distópica que organizamos en la librería Botica de Lectores. Participarán en ella J.P. Naranjo, autor de Hijo del Hierro y la trilogía de las Fuerzas de la Naturaleza; Alberto Sánchez Navarro, autor de Iris; y Antonio Vileya, filólogo y ávido lector del género. Modera una servidora.  Estoy segura de que nos lo pasaremos genial.

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